¿Por qué remodelar y no comprar un apartamento nuevo? por Mema Carrillo

Caroline Arango / 3 Julio 2019

Desde antes de casarnos, Jaime, mi esposo empezó a buscar apartamentos. Y aunque al principio yo no entendía su claridad de comprar antiguo y con más metros aunque tuviéramos que remodelar, en vez de nuevo, listo para mudarnos, ya el proceso me ha enseñado y me ha mostrado que siempre tuvo la razón.
Siempre estaba viendo apartamentos. Lo veía llamando, averiguando precios, anotando números de todos los “SE VENDE” que veía en ventanas, utilizando sus ratos libres en páginas de finca raíz, visitando apartamentos y por eso yo empecé a decirle que ver apartamentos en venta era su hobby.

No entendía cómo lo iba a lograr, ni cómo lo iba a pagar, ni para cuándo sería y ni siquiera si estaba o no de acuerdo pero lo mejor que yo podía hacer, era seguirle su hobby. Pero él lo tenía mucho más claro que yo. Definitivamente ya sabía precios por zona, por metro, por edificios, por temporalidad de los apartamentos, por cercanía a los parques o avenidas principales, por todo. Pasabamos nuestros sábados en apartamentos vacíos esperando a ser habitados de esperanzas, ilusiones, amor y muebles.

En algún momento, este esposo mío, soñador y desorganizado para unas cosas pero que ahora estaba resultando organizado para esto, se enamoró de un apartamento muy viejo y muy grande. Cuando me llevó a verlo fui como iba a todos los cientos de apartamentos que fuimos; sin expectativa ni ilusión y solo para seguirle la corriente. Cuando entré vi una sala comedor muy grande. Tenía unas ventanas enormes, agrietadas, una chimenea victoriana y un tapete color beige que solo de verlo me hizo estornudar. Unos baños color azul de la época de mi abuela, una cosa horrible, los closets unos armatostes, los pisos rotos, dañados y tristes y la cocina, la cocina parecía una casa embrujada. A mi me dio depresión solo poner un pie en ese lugar carente de afecto que parecía que nadie lo amara e inmediatamente me quise ir.

Nos fuimos de ahí y siguió viendo. Después de estudiar tanto el mercado de esta ciudad capital, enorme, fría y extremadamente cara, entendió que la mejor opción era comprar uno viejo y remodelar. Y me convenció de ello y nos convencimos los dos. Queríamos espacio. Calidad. Que reflejara nuestras personalidades inquietas y libres. Que pudiéramos adaptar a nuestros sueños. Movimientos. Formas de habitar el espacio y la relación.
La opción de uno nuevo tenía algunas ventajas, como que estuviera listo y pudieramos pasarnos enseguida. Pero debíamos sacrificar metros, muchos metros, calidad porque los apartamentos nuevos los hacen con materiales que parecen de juguete y muchas ilusiones porque sería como los constructores quisieron y no como nosotros lo necesitamos.

Así que, nos inclinamos por tomarnos nuestro tiempo, tener un lugar grande, a nuestra medida y que nos dejara soñar, nos uniera, nos construyera, nos diera un motivo, un propósito, un proyecto, decisiones y planes.

Un año después, él seguía llamando, y viendo que nada que vendían el apartamento que me hacía estornudar y bueno, la ingratitud del mercado hizo que ese espacio que ya era nuestro sin que lo supiéramos, bajara de precio. Lo negoció por meses llegó a un acuerdo y cuando menos lo pensé, gestionó todo y era nuestro.

Y yo le seguí la cuerda porque mis ojos no imaginaban cómo ese adefesio podía a llegar a ser un sueño. Pero lo empecé a soñar: como un lugar donde él y yo podemos fluir y brillar, pero también donde él solo puede apartarse, trabajar o respirar. Donde yo puedo desaparecer y tener un espacio para mi con yo. Un baño para mi y para él, pero también sólo para él y solo para mi con dos duchas cómodas, una para cado uno. Un lavamanos para cada uno y no volver a emprender la batalla de los codos por la cepillada de dientes. Juntos pero no revueltos, mi propio mueble para guardar mi maquillaje, cremas, planchas, secadores, y todo lo que necesito y lo que no.

Un lugar para nuestra hija del futuro y donde nuestras gatas puedan saltar, corretearse y pelear felices. Una baño soñado para ella y para cuando vengan mis papás y mis hermanos y mis amigas dominicanas con ducha tipo spa, sanitarios galácticos, colores, buena onda y amor.

Una cocina para cocinar y para parchar. Una sala comedor con todos los invitados que quiera para poder estrenar la vajilla de 16 puestos que saqué de matrimonio. Un baño de visitas modernos y tan instagrameable que los míos se quieran quedar ahí y tomarse fotos.

Y a medida que lo soñaba, empecé a amar a ese apartamento, a mi admirar a mi esposo persistente y soñador y a entender que ese apartamento y ese esposo son mi lugar feliz.

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